Mucho
se habla y se presupone el proteccionismo que los padres ejercemos
sobre nuestros hijos, en muchas ocasiones sin pararse a analizar si
en cada caso concreto esto es así, o simplemente se da por hecho. Lo
que intento transmitir es la sensación de desagrado que nos produce
el hecho de que se nos presuponga algo, sin ni siquiera escucharnos.
En
noviembre de 2014 en una ponencia que efectué en el Hospital
Nacional de Parapléjicos de Toledo, hice mención a este hecho al
que muchos padres nos enfrentamos por el simple hecho de tener un
niño con “necesidades diferentes”. Desde entonces ronda por mi
cabeza el escribir un artículo que hable sobre ello.
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Imagen extraída de: motivacion.about.com |
Una
de las características de las personas, al igual que también es una
característica que existe en otros seres vivos, es el “instinto de
protección hacia nuestras crías”, es un instinto con el que
nacemos, inhato en nosotros o al menos en la gran mayoría.
Pues
bien, cuando unos padres nos enfrentamos al hecho de tener un niño
sabemos que ello implica una gran responsabilidad pero sólo cuando
vemos a “esa personita” comprendemos el verdadero valor de esa
palabra.
La
primera vez que escuché llorar a mi hijo, fue sin
duda el momento más emocionante y bonito de mi vida, un momento
único que no podré olvidar. Lo viví con una emoción hasta
entonces desconocida y difícil de describir. Quería a ese niño con
todas mis fuerzas, y en el momento en que vió la luz no sé
describir qué sucedió pero tuve la certeza de que estaría unida a
mi hijo de por vida, que algo desconocido había surgido en mi
interior como una lazo invisible con él. No podía dejar de llorar
de la emoción. Escuchar a esa personita que convivía conmigo, y que
fue creciendo y moviéndose dentro de mi durante 9 meses, fue la
confirmación de que era una persona con vida propia, única e
irrepetible.
Inmediatamente
después de que pudiera verle y besarle, se lo llevaron a la UCI de
neonatos, algo que ya sabíamos de antemano sucedería. Después de
este momento y en los días y semanas sucesivos sucedieron tantas
cosas, que es difícil recordarlas, o aún recordándolas se saldrían
de lo que pretendo transmitir. Mi hijo nació con un problema
cardiaco muy grave.
El
hecho en sí es que poco a poco fui consciente, de que aunque yo era
la madre de mi hijo y que por mucho que lo quisiera, no podía hacer
nada por él que no fuese estar a su lado y acompañarle en los
momentos tan duros que vivió, no podía ponerme en su lugar y pasar
todo lo que él estaba pasando. Dolía tanto y tan dentro verle en
aquel estado que a veces me hubiese gustado salir corriendo, pero
sentía esa responsabilidad de que por mucho que me doliese, mi hijo
era el que estaba allí peleando por su vida, luchando y yo lo menos
que debía hacer era darle todo mi apoyo y estar con él dándole
fuerza y diciéndole lo mucho que lo queríamos.
En
todas aquellas largas horas, días y semanas, lo primero que aprendí
es que yo no era la dueña de mi hijo, que no podía protegerle, que
no podía evitarle determinadas cosas, que no podía resolvérselo
todo, ahorrarle sufrimiento, que no podía evitar que se fuese, y que
simplemente mi misión como madre era acompañarle en su camino le
llevase donde le llevase.
Dicho
así parece sencillo, pero creedme si os digo que para nada lo es. Es
tremendamente duro. Seguro que los que hayan pasado y estén pasando
por situaciones similares entenderán perfectamente lo que digo y de
qué hablo. Quizás también haya personas que sin pasar por ello,
siendo padres se pongan por un momento en ese lugar, son esas
personas con una empatía especial.
Pero
lo que cada día llevo peor, es a esas personas que ni se ponen en el
lugar, ni pretenden escuchar, simplemente tienen un sermón
establecido y lo sueltan tal cual quedándose tan anchos, “sentando
cátedra”, y lo peor: sin que le hayas preguntado. Se permiten
aconsejarnos, juzgarnos, criticarnos, y achacarnos roles sin más. La
pregunta que deberíamos hacer a este tipo de personas es: ¿qué es
lo más duro que te ha pasado en la vida?, ¿tienes algún hijo?,
¿qué le ha pasado a tu hijo?.
Cuando
pasa el período de hospitalización, revisiones, y todo pretende
tomar un cariz de “normalidad”, comenzamos a escuchar la palabra
“sobreproteger”. La primera vez que la escuchas no le das
importancia, la segunda vez reparas en ella, la tercera empieza a
encender una luz de alarma, y las sucesivas empiezan a cabrearte.
Muchas veces te callas, pero de repente un día ya no puedes más y
entonces dices: ¿qué es para tí sobreproteger?. ¿Por qué crees
que soy más proteccionista o sobreprotector que tú? (siempre y
cuando esa persona tenga hijos, porque decir algo así sin tenerlos
no me parece demasiado acertado ni coherente).
Justamente
los padres que hemos vivido situaciones tan complejas, entendemos que
nuestros hijos viven sus propias vidas desde que nacen, entendemos
que la vida para ellos es un poco más complicada y justamente por
esa razón también nos preparamos y los preparamos de “otra
forma”, porque tienen que tener recursos para enfrentarse
justamente a las personas que no se van a molestar en entenderles ni
escucharles.
El
día a día da para mucho, y en el mismo nos encontramos con muchas
personas, personas que tienen sus propias ideas y pensamientos, esas
personas van y vienen, en muchos casos ni siquiera forman parte de
nuestras vidas. Mientras que nosotros convivimos con nuestros hijos
las 24 horas del día, vemos sus cambios de humor, escuchamos sus
preguntas e intentamos darle respuestas, afrontamos juntos los
desafíos diarios, los miedos, las dudas, sabemos de su estado de
ánimo con una simple mirada, interpretamos sus gestos, sus
sentimientos,….
Nuestros
niños van pasando por las etapas de cualquier niño, pasan de bebé
a la infancia, colegio, amigos, familia, con el matiz que ellos
siempre son doblemente observados por todos. A cualquier otro niño
no se le somete a la misma presión a la que se le somete a nuestros
hijos y tanto ellos como nosotros somos conscientes de ello.
Nuestro
día a día, no es mejor ni peor que el de cualquier otra persona,
simplemente es nuestro día a día. Por eso quisiera que esto que
escribo sirva de reflexión a todas aquellas personas que se lanzan a
emitir criterios de valor sin más, dichos criterios no nos ayudan,
no son constructivos.
Todos
los padres tendemos a proteger a nuestros hijos, pero presuponer que
los sobreprotegemos por el hecho de que tengan alguna necesidad o
capacidad diferente, es una afirmación que no siempre se corresponde
con la realidad y muestra una falta de miras considerable.
Autora: Mercedes Castaño
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